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La razón trata de decidir lo que es justo; la cólera trata de que sea justo todo lo que ella ha decidido (Séneca)
Martes, 4 de diciembre de 2001

Gibraltar y el pavo de Navidad

HENRY KAMEN

i loco amigo, el Rey Felipe V de España estaba obsesionado con Gibraltar. Solía enfadarse muchísimo cuando se le sacaba a relucir el tema, ya que se sentía responsable de haber perdido la ciudad a manos de las fuerzas británicas en agosto de 1704 durante la Guerra de la Sucesión Española. A lo largo de su reinado nunca cesó en el empeño de que cualquier paz con los enemigos debía tener como condición la restitución del Peñón para España. Siempre desde entonces, todos los gobiernos españoles han continuado con la misma fascinación. Cada vez que el régimen de Franco quería distraer la atención de los ciudadanos de algún tema interno embarazoso, solía haber redoble de tambores de guerra y se proclamaba el deseo de liberar Gibraltar.

Existe una buena razón histórica que explica esta actitud. A ningún Estado le gusta que una pequeña parte de su litoral se halle en manos de un poder extranjero. Cuando en el siglo XVI, los franceses recuperaron la ciudad de Calais que durante cientos de años había pertenecido a los ingleses, a la reina de Inglaterra se le partió el corazón al conocer su pérdida.

Se recurrió al uso de la fuerza militar para recobrar la ciudad, y ese es el modelo que se ha manejado hasta nuestros días. Cuando la República de la India se opuso a la existencia de la ciudad portuguesa de Goa en sus costas, el Gobierno finalmente envió tropas y ocuparon la ciudad. Sin embargo, no siempre es deseable emplear tropas cuando el problema atañe a una potencia mundial.Los generales argentinos intentaron descolonizar las Malvinas a la fuerza y acabaron con un humillante y sangriento desastre.

España ha estado intentando recobrar (o descolonizar) Gibraltar desde los días de Felipe V. Lo irónico del asunto (que muchos españoles desconocen) es que los británicos en realidad nunca quisieron Gibraltar. Los ingleses se quedaron el Peñón como una colonia a causa de la valiente defensa que sus ciudadanos ofrecieron contra las tropas francesas y españolas en 1705.

La plaza fue otorgada «en perpetuidad» a Gran Bretaña por el Tratado de Utrecht en 1713, pero el Gobierno británico no le encontró demasiada utilidad. En 1716, el conde de Stanhope (ministro de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña) y el rey Jorge I deseaban devolver el Peñón, que resultaba a su parecer caro de mantener y de escasa importancia estratégica comparado con la isla de Menorca.

Los británicos siguieron ofreciendo Gibraltar a los españoles.Fue entonces cuando el conde de Stanhope por vez primera, en julio de 1720, envió a su Gobierno una propuesta para que se devolviera Gibraltar a España.

La gestión contaba con el respaldo de Jorge I, quien el 12 de junio escribió a Felipe V la famosa carta en la que le prometía conseguir la devolución del Peñón. El duque de Newcastle fue el otro ministro principal británico que de manera privada, también apoyaba la gestión. Sin embargo, la mayoría en el Parlamento era reacia a la devolución de la plaza, y el asunto no se llevó adelante.

De hecho, España no tenía mucho que ofrecer a Inglaterra a cambio de Gibraltar. Los ingleses ya controlaban una considerable parte del comercio extranjero español, y dominaban en el Mediterráneo y en América del Norte. Así que Gibraltar permaneció británico.

Y siguió un remarcable desarrollo bajo la dirección británica.Hoy en día, puede que, de todas las pequeñas ciudades de la Península Ibérica, sea a pesar de su pequeña población, la que tenga la economía más próspera, basada en los servicios financieros, el turismo, y en las actividades portuarias.

Hablar hasta la saciedad de «soberanía» y «colonización» no tiene ningún significado en una Europa moderna donde todos los estados están deseosos de ir convirtiendo su soberanía en una comunidad de interés. España, a decir verdad, comete una equivocación al reclamar derechos «nacionales» sobre un territorio que durante 300 años no ha sido español.

En realidad, el Peñón ha sido más tiempo británico que español.Estuvo bajo el dominio de los moros durante siete siglos, desde el año 711 hasta el año 1462, después fue español durante 242 años, desde 1462 hasta 1704. Ha sido británico durante 297 años (desde su conquista militar en 1704 hasta nuestros días).

En términos de soberanía, Gibraltar ha estado bajo la soberanía británica más tiempo que bajo la española. Si alguien, sin embargo, argumentara que cualquier territorio antes gobernado por España debe ahora ser integrado en el Estado español, eso lógicamente significaría que España debería igualmente presentar una reivindicación a Portugal, Cerdeña, y Rosellón. Efectivamente, España es el único Estado europeo que persigue insensatos debates históricos de antiguos tratados de hace unos 300 años, en vez de intentar llegar a una solución que acepte el statu quo mientras que trabaja en colaboración con sus vecinos los gibraltareños.

Existen al menos dos debilidades principales en cualquier reivindicación que España pueda hacer sobre esta materia. Primero, se niega a reconocer la validez del Tratado de Utrecht. Ese fue el juego al que mi loco amigo Felipe V jugó, y no le fue de mucha ayuda.Los tratados internacionales son temas importantes con los que no se puede jugar. Si ciertos estados árabes se negaran a reconocer antiguos tratados, les sería perfectamente justificado que ocuparan las ciudades de Ceuta y Melilla mediante la fuerza militar, puesto que es obvio que ni Ceuta ni Melilla forman parte geográfica de España. Y tampoco así la pequeña ciudad de Llivia, que se halla dentro de Francia y justo en la frontera de Cataluña. En otras palabras, una vez que uno deja de observar las reglas, se queda sólo con el caos.

Segundo, se niega a reconocer que la población de Gibraltar tiene algo que decir en sus propios asuntos, y que tiene algunos derechos democráticos a la autodeterminación. Ese argumento tendría algún sentido cuando lo proponía el General Franco, pero no tiene ningún sentido ahora que España tiene un Gobierno democrático.

El carácter de las Naciones Unidas engloba el derecho a la autodeterminación para todos los pueblos coloniales, y el territorio de Gibraltar aparece registrado en su lista de colonias. Con frecuencia la prensa española hace una comparación entre la manera en que los británicos renunciaron a su colonia en Hong Kong sin problemas, y la forma en que se niegan a cambiar de opinión sobre Gibraltar.

La comparación, es por supuesto, absurda. Hong Kong nunca fue británica, era sólo un territorio que los británicos tomaron en arriendo por un periodo de tiempo determinado. Cuando ese periodo expiró, los británicos tuvieron que salir y lo hicieron tan tranquilamente. Por el contrario, Gibraltar era británico por tratado y ha permanecido así durante 300 años.

En estos 300 años, la gente de Gibraltar ha construido, en el limitado espacio de que disponen, un floreciente Estado que se puede comparar favorablemente con cualquier extensión de espacio parecida del litoral español. Fue su éxito lo que hizo que Franco intentara estrangular su vida económica, y los gobiernos de la democracia tampoco han actuado de modo muy diferente.

¿Existe, por ejemplo, algún motivo razonable para la política de estrangulamiento del sistema telefónico de Gibraltar? España se niega a reconocer el teléfono IDD Código (350) para Gibraltar, con el resultado de que sólo 30.000 números de teléfono de Gibraltar son accesibles desde España. También obliga a que los operadores de teléfonos móviles españoles no reconozcan los teléfonos móviles de Gibraltar, de modo que sus teléfonos móviles no operan en España.

Este es un largo debate, pero de ningún modo complicado. Los gestos de buena voluntad deben venir de España, ya que Gibraltar no puede defenderse a sí mismo.

Carece de sentido que España boicotee acontecimientos deportivos internacionales en los que Gibraltar participa, o intente excluir a Gibraltar de las federaciones de deportes internacionales, e incluso de los concursos internacionales de perros. Es tiempo ciertamente para el sentido común, y la buena voluntad, en especial ahora que se acerca la Navidad, la época de buena voluntad.

En todo este asunto, el comentario más inteligente lo hizo el primer ministro del Peñón, Peter Caruana, en una entrevista para la televisión hace unas semanas. Caruana ha tenido que luchar no sólo contra la intransigencia española sino también contra la tendencia británica a tomar decisiones sin consultar con la gente de Gibraltar. Los gibraltareños temen que «Londres esté dispuesto a sacrificarnos para normalizar sus relaciones con España»; para ellos, la amistad Blair-Aznar es vista como una amenaza.

La amenaza viene también de la opinión española de que los deseos de la gente no deberían ser consultados. Si hay charlas sobre el futuro de Gibraltar ( al igual que las ha habido sobre el futuro de Afganistán), entonces parece razonable decir que los representantes de Gibraltar tienen el derecho a ser invitados.Y no debería tomarse ninguna decisión sin ellos, o cuando ya se haya matado, desplumado y asado el pavo de Gibraltar.

Como Peter Caruana dijo en su entrevista, «invitar a un pavo a que participe en la fiesta de las Navidades, no es una invitación sincera».

Henry Kamen es historiador.

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